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Rwenzori: el último glaciar de África 06.2010

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Amigos Desafío conseguido!

Tres de julio del 2010, es una fecha que recordaremos gratamente mi hermano Kike Calleja, Emilio Valdés y yo, pues conseguimos alcanzar la tercera cima más alta de África con sus 5.109 metros de altura, y además puede ser una fecha histórica para todos los españoles si conseguimos pasar a la semifinal del campeonato del mundo de fútbol.

En la última crónica os decía que habíamos alcanzado el campamento Elena situado a 4.550 metros de altura. Llegar hasta aquí ya es meritorio, porque la climatología en las montañas del Ruwenzori es terrible, considerándose como uno de los lugares donde más llueve del planeta, con 350 días al año.
Esto hace que se anegue el terreno hasta tal punto que hay ciénagas por todos lados donde el barro, lodo y agua dominan y condicionan el paisaje, haciendo que llegar hasta aquí no siempre sea posible. Más de la mitad de las expediciones que lo intentan nunca lo consiguen, pues el terreno, si hay muchas lluvias, gana siempre.

Nosotros hemos tenido la suerte de nuestro lado y las lluvias han sido escasas y contenidas, y aun así, ha sido durísimo progresar por los kilométricos pantanos fangosos y hierbas movedizas.
Por esta razón estamos muy felices de haber alcanzado el último campamento, y campo base para el ataque final al Pico Margarita el más alto del macizo del Ruwenzori, a tan soló 15 kilómetros del Ecuador, en el país de Uganda.
La niebla el día 2 se nos metió hasta dentro de nuestra minúscula cabaña. ¡Por Dios que frío hace en este pueblo! como decimos en mi tierra, en León.
Son 4.550 metros de altura, la niebla que procede del valle inferior se enfría, y mucho, durante el ascenso, y al llegar a esta altura es gélido. Todo lo empapa y luego se congela produciendo un verglas (pequeña capa transparente de hielo) por todas las rocas.
Caminar a esta altura al atardecer es peligroso, pues casi no ves el hielo que lo forman los millones de gotitas de agua de condensación.

Miramos hacia arriba y no vemos ¡ni a jurar! como decimos también en mi tierra.
Esto nos preocupa pues puede condicionar nuestra escalada.
La realidad es que teníamos que haber aclimatado en el campamento inferior y no lo hicimos, incluso en el más inferior a 3.500 metros, que tampoco lo hicimos.
A esta altura es casi obligatorio, pues el cuerpo estará expuesto al 50% de falta de aire y de su consiguiente oxigeno, es como si nos quitaran un pulmón y no nos hemos adaptado para vivir sin él. ¿Os imagináis qué trauma es para el cuerpo?.
Pues si no aclimatas, la sensación que nosotros tenemos es la misma, te ahogas con esfuerzos mínimos, y el corazón se pone a 200 pulsaciones si nos pasamos un poco en el ritmo del paso.
Aun sabiendo que está mal hecho y nos puede pasar factura, decidimos que escalaremos el pico Margarita sin aclimatar, a tan solo 14 horas de haber llegado a esta altura (4.550 metros), y sin que al cuerpo le dé tiempo a aclimatarse.
Tomamos esta decisión no por “cazurrros”, si no porque estamos teniendo una “nata” con el tiempo, que no nos lo creemos, así que decidimos no tentar a la suerte que estamos teniendo demasiada, y hace tres días que no llueve, y parece indicar que al menos aguantará un día mas.

Con esta decisión, cenamos muy poca cosa, ya casi no queda comida, no sabemos qué misterio nos persigue en las expediciones con la comida pues siempre desaparece como por arte de magia.
La explicación es sencilla, aquí en Uganda hay tantas carencias, que porteadores y el cocinero sobre todo, van guardando en sus morrales parte de la comida, sobre todo lo que es dulce, y las latas de conserva; conclusión, sólo tenemos:
para el desayuno, té, tres galletas por “barba” al día, y un trozo de pan de molde. Comida: una manzana -habéis oído bien no hay más-. Cena: unos pocos de espaguetis a los que les acompaña una salsa hecha con un trozo de carne que huele a cinco metros, con su correspondiente enjambre de moscas verdes que viaja con nosotros todos los días desde que comenzó esta expedición. Me da tanto asco, que yo me niego a comer esa salsa de carne, y sólo como los espaguetis a “palo seco”, y les hecho un chorrito de aceite de oliva de una pequeñísima botella que “mangué” a algún hombre de negocios de la business class del avión que nos trajo hasta aquí.
También a veces nos dan unos trozos de piña de bote, tan ácida (la fecha caducó hace cuatro años), que además de saber a óxido, pica tanto que te quema la boca por dentro. Menudos “getos” que ponemos los tres cuando le “hincamos el diente”, parece que hemos metido los dedos en un enchufe de lo que retorcemos los músculos faciales.
¡Pues ya esta! este es nuestro menú diario…

Con la poca energía que metemos para el cuerpo nos vamos a la cama, y Emilio se acurruca entre Kike y yo para que le demos calor. En esta expedición se equivocó de saco de dormir y se trajo el de “climas tropicales”, que parece de papel de fumar, y os aseguro que a esta altura y a pesar de estar junto al Ecuador, la humedad y las temperaturas bajo cero te dejan “tieso” de frío.
Amanece un día helador, pero, amigos, la suerte una vez más se alía con nosotros y aparece un día transparente, incluso se ven los valles inferiores, la niebla no ha aparecido, pero lo hará con seguridad en menos de dos horas.
Nos miramos en el saco, con cara  de : ¿qué hacemos aquí, con este frío y humedad, y el resto de España, que es sábado preparando la mega juerga en las terracitas de verano para ver si pasamos a semifinales en el mundial de fútbol?

Así es nuestra vida y jamás la cambiaríamos por nada del mundo, aunque el día de hoy sea doloroso por no poder ver a nuestra selección. En cambio haremos cumbre en una de las montañas más especiales de la Tierra, y que sepáis, que desde que nos hemos levantado no hemos dejado de canturrear: ohe, ohe, ohe, ! España!, ¡España!, campeoooones, ohe ohe ohe!, campeoooones, ohe, ohe, ohe…
Los amigos porteadores nos miran con cara de preocupación y nos preguntan si nos hemos vuelto “majaras”. Les explicamos lo que ocurre y se ríen a carcajadas, preguntan por Ghana, su única esperanza africana, y les decimos que lo sentimos, que no ha pasado, entonces se vuelven a reír, y ahora amigos, tararean nuestra canción: ¡España¡, ¡España!, ohe, ohe ohe, campeoooones, campeoooones, ohe, ohe, ohe, ¡España¡,¡España!…
¡Ya son de los nuestros!.
No hay tiempo para más juerga matutina (6am), nos ponemos en marcha. Vamos bien pertrechados con el material necesario para enfrentarnos a los dos glaciares que ascenderemos, material para progresar en roca, material para rapelar, material para escalada en hielo.
Vamos cargados de mucho material porque esta montaña tiene de todo: nieve, roca, hielo, y hay que utilizar todas las técnicas de escalada.
Además ocurre algo terrible como en casi todas las partes del planeta. Se esta produciendo una fusión del hielo tan importante por el aumento de las temperaturas en todo el planeta, que los glaciares se están retrayendo a tanta velocidad, que aquí en estas montañas es donde se observa de una forma extraordinaria.

Hace tan solo 104 años cuando se escaló por primera vez por Luís Amadeo de Saboya, duque de los Abruzzos, las fotografías mostraban unos enormes glaciares que cubrían todas las cimas, tanto las principales como las secundarias del macizo de Stanley, que es donde nos encontramos nosotros. El glaciar llegaba prácticamente a nuestro campamento a tan sólo 30 metros. Ahora, si observáis las fotos que hemos sacado, el glaciar se encuentra 400 metros más arriba, y sin apenas carga de hielo. Son glaciares casi muertos. Los científicos dicen que el 2025 habrán desaparecido.
Esta degradación tan acusada, ha hecho que al descender el hielo, el glaciar se esté resquebrajando por todas partes, formándose terribles grietas, y sometiendo la zona a continuas avalanchas de rocas y hielo. Hay pasajes que no nos atrevemos ni a hablar por si las ondas sonoras nos tiran encima cientos de toneladas de hielo que cuelgan de las viseras de los seracs de un modo amenazante.
También el punto en el que cambiamos de glaciar, es decir, cruzamos el glaciar Stanley, hacia el glaciar del Margarita, el nivel del hielo ha mermado tanto que hay que instalar cuerdas y rapelar verticalmente hacia la cuenca del glaciar, e incluso alguien ha unido dos escaleras que me recuerdan a las que se instalan en la cascada del Everest, las que tuve que cruzar muchas veces cuando alcancé su cima en el año 2005.

Se da la terrible situación que la ruta normal, que aunque se llame así de fácil no tiene nada, ya no es factible. Una grieta gigante se ha abierto hace unos meses y ya no es posible escalar por esta arista, ahora hay que buscarse la vida por la arista contraria, mucho más compleja y difícil, pero sobre todo expuesta a los desprendimientos de las viseras de hielo que cuelgan de una manera imposible.
Este es el escenario que nos encontramos:
Comenzamos remontando un farallón de roca, en algunos puntos tan vertical que empleamos las cuerdas para ayudarnos a progresar, después un laberinto de zig-zag entre grandes losas de granito, por donde íbamos “buscándonos la vida”.
El pensamiento que teníamos los tres, más los dos compañeros escaladores de Uganda Dezi y Yumar, que nos acompañaban, era cómo encontrar el camino de vuelta a nuestro regreso de la cima, porque sin duda la niebla lo cubrirá  todo. Como dice Dezi, eso es un problema que ya resolveremos a su debido tiempo, pues ahora tenemos otros problemas.
Con esta frase lapidaria seguimos avanzando en busca del glaciar Stanley, pues la ruta que seguimos no es la normal, es nueva y hay que buscar el paso.
Lo conseguimos una hora y media desde que salimos del campamento, y por fin, el glaciar.
Nos ponemos el equipo de hielo: crampones, piolet, arneses, etc.., y lo atravesamos sin contratiempos, aunque un poco desolados por el aspecto de muerte inminente que tiene.
Esta pequeña historia que os cuento sobre este glaciar es real: en 1958, se constituyó un club de esquí en Uganda, cuya sede está en la capital, Kampala. Para ser miembro de este club es necesario que, al menos una vez, se hubiese esquiado en el glaciar en el que estamos ahora, el glacial Stanley. Como nadie en Kampala había estado, se organizó una competición sin precedentes, y un montón de primerizos esquiadores se dieron cita en este glaciar. Después de pasar el calvario de la aproximación que más de la mitad no lo consiguieron, los que llegaron hasta el glaciar, compitieron todos ellos con el ¡mismo par de esquís! pues no había más en toda Uganda, y desde entonces formaron parte del Club de Esquí más exclusivo del mundo, donde se esquía a tan sólo 15 kilómetros del Ecuador.
¿Qué os parece?, ¡eso si que es un club exclusivo!

Llegados al final de este glaciar, justo en la base de otro pico llamado Alexandra, que también sobrepasa los 5.000 metros, nos metemos en la escarpada roca y descendemos hasta alcanzar la cuenca del segundo glaciar.
Para llegar hay que instalar cuerdas y rapelar en vertical y después las dos escaleras unidas, que están literalmente colgadas del abismo, ya os dije que por causa del cambio climático y por consiguiente la recesión de los glaciares, estos merman y hay que hacer estas maniobras tan complicadas para alcanzar el glaciar.

Nada más llegar al segundo glaciar lo hacemos sobre una inclinación de 50º, y el hielo es peligrosísimo, es hielo vivo, el peor para los crampones (pinchos de acero templado que se instalan en las botas).
Aquí nos encordamos y empezamos a escalar sobre el durísimo hielo. Los dos piolets y crampones casi no entran de la dureza del hielo, y al golpear con los piolets estos rebotan.
En esta zona el hielo vivo es producto una vez más del cambio climático, pues hace mucho tiempo que no cae nieve, y está saliendo el hielo milenario, que se acumuló durante miles de años, que es compacto como la roca. Es una odisea intentar clavar los crampones y piolets.
Además, este glaciar de fuerte inclinación está lleno de grietas por todos lados, es como bien decían un gigantesco campo de minas, donde tienes que hacer cálculos de por dónde pasar para que no te engulla alguna.
Aquí perdemos la mitad del día sorteando grietas, asegurando la cordada con tornillos de hielo, reuniones con piolets, etc... Es un glaciar muy expuesto, por su fuerte inclinación y estar siempre vigilante a las posibles avalanchas de hielo y rocas que habitualmente caen.

Por fin alcanzamos el collado que separa los dos picos: el Alexandra y el Margarita. Dezi va muy justo, la altura y la falta del 50 % de aire le pasan factura, y los demás estamos muy cansados, pero quizás estamos más acostumbrados a las alturas extremas, y esto nos ayuda a tener las ideas más claras.

Al llegar a la base de la pirámide final que es el pico Margarita, nos encontramos con el problema: desde España habíamos trazado nuestra escalada por la ruta normal, que ya de por si es técnica y expuesta, pero nos damos cuenta, como nos decían, que ya no es factible por la enorme grieta que se ha abierto, así que nos decidimos por la arista opuesta.
Lo que no nos gusta es la cantidad de hielo colgando que tenemos encima, es brutal, las viseras de seracs tienen hasta quince metros de largo, y esa masa de cientos de toneladas de hielo nos amenaza con venírsenos encima.
Con decisión cruzamos esta ladera de nieve inclinada con la amenaza de los seracs. Como decía ni hablábamos del miedo que daba.
Conseguimos llegar a la otra cara de esta pirámide, justo la opuesta a por dónde tendríamos que ir.
Aquí nos encontramos con un muro casi vertical de roca, que escalamos con la ayuda de cuerdas y el puño yumar.
Llegamos a un pequeño rellano, nos quitamos los crampones, y escalamos los últimos 80 metros agarrándonos firmemente a la roca, y por fin…

¡CIMA!, estamos en la esquiva y poco escalada cima del Pico Margarita a 15 kilómetros del Ecuador, y con sus 5.109 metros de altura.
Este punto es la divisoria fronteriza entre Uganda y el Congo.
Felices lo celebramos, nos abrazamos, lo filmamos, lo fotografiamos, y nos pusimos a descender lo más deprisa posible, pues la niebla ya lo cubría todo, sólo esperábamos que no espesara más de la cuenta, pues sería muy difícil encontrar el camino de regreso, aunque llevábamos nuestro GPS Garmin que todo lo sabe y siempre nos da una seguridad extra.
La bajada la hicimos sin contratiempos pero con el corazón en un puño, regresamos al campamento Elena, descansamos una hora y después descendimos durante tres horas hasta otro campamento para estar más cómodos y descansar a menor altitud.

Ahora estamos a 4.000 metros de altura a pocos minutos de que empiece el partido Uganda-España.
Han sido 11 horas de escalada y regreso, pero no nos impide a pesar de la risa de nuestros amigos porteadores empezar a cantar con toda la energía del mundo:
¡España!, ¡España!, campeoooones, campeoooones, ohe, ohe ohe!

Esta será la ultima crónica, por delante nos espera unos cuantos días de retorno, pero la aventura mereció la pena, y el Desafío conseguido, sólo falta que España, gane y estamos seguros que lo hará.¡Ale Villa¡, a por ellos. ¡Podemos!
¡España!, ¡España!. Campeoooones, campeoooones, ohe, ohe, ohe…

Jesús Calleja desde las “montañas de la Luna” como hace cientos de años los moradores de esta zona siempre las han llamado.

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Próximamente nos vemos en otra emocionante aventura. ¡Adiós amigos!