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Groenlandia, hacia el glaciar de Humboldt 04.2009

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Groelandia es casi tan grande como Europa, pero solo viven 56.000 personas, no existen carreteras que conecten ninguna ciudad o pueblo. En realidad es una gran masa de hielo y nieve de sur a norte, es el lugar mas radical que uno puede imaginar.

> NUEVA TORMENTA PERO LA EXPEDICION ARTICA CONTINUA

Hola amigos, a pesar de todo la expedición continua.

Hemos reparado en el pueblo de Sierapaluk nuestro maltrecho material, sobre todo la tienda Inuit de campaña, y el trineo, y con ánimos renovados decidimos un segundo intento.
De nuevo cruzamos el mar helado hasta el comienzo del glaciar, y una vez más la pesadilla de avanzar con mucha inclinación a través de piedras, rocas, nieve y hielo vivo.
Es una tarea dura, pero dura de verdad. La ventaja es que ahora pesa menos, pues la mayoría de nuestras cosas tuvimos que abandonarlas en un depósito en mitad del glaciar.
Remontamos el glaciar, hasta alcanzar el mismo punto donde nos sacudió la tormenta, y ¡ sorpresa ¡, vuelve a soplar un extraño viento, y se forman unas nubes de colores muy alargadas, que nos indican, que en cuestión de minutos, el fortísimo viento cataba tico vuelve de nuevo…

No nos lo podemos creer, se repite la misma historia. Hay que darse prisa, mucha prisa, en montar el campamento, o puede que te congeles, la temperatura es de -25ºC, y con el fuerte viento es una combinación explosiva.
El viento no da tregua y puedes pasar de una calma absoluta a vientos huracanados en cuestión de minutos, incluso puede ser menos de 5 minutos. Solo este extraño viento que sopla en el ártico y la Antártida lo hace tan rápido y con tanta violencia.

Exactamente eso es lo que ha ocurrido: la masa fría se desliza desde lo alto del casquete polar y a ras de suelo se va acelerando, y cuando llega a los bordes, alcanza aun mayor velocidad, y si en el camino encuentra un glaciar, vuelve a acelerarse por el efecto “venturi”. Este es el punto de mayor aceleración del viento, y es justamente donde nos azoto el temporal hace días, y lo hace exactamente igual ahora.
No nos lo podemos creer, estamos como al principio, solo que esta vez hemos encontrado mejor lugar para instalar la tienda.

Nos colocamos detrás de una morrena, y a su vez ponemos el trineo de lado y lo afianzamos al suelo sujetándolo con cuerdas que las anudamos en unos anclajes llamados “balacof”, que se trata de hacer un puente de hielo por el que pasamos una cuerda, que es capaz de aguantar lo increíble.
Después cortamos bloques de nieve helada y vamos aumentando la altura de nuestra protección. Una vez que tenemos el parapeto instalado, montamos la tienda y esta vez estamos convencidos que el conjunto aguantara. Si no lo hace la expedición se habrá terminado, pues no hay mas tiempo para reparaciones, estamos al limite de lo que soporta nuestro material.

Así una vez más y durante casi dos días capeamos los vientos huracanados violentísimos, y otro día más de intensas nevadas. La verdad que aunque quisiéramos dar la vuelta de nuevo, no podríamos hacerlo, porque las condiciones climáticas fueron terribles, aun peores que la primera tempestad.

Pero un buen día las cosas cambiaron, cuando dábamos por hecho que todo había terminado, y que la expedición no tenía posibilidades. -Ramón Larramendi, había planeado esta expedición durante mucho tiempo porque es difícil y compleja logísticamente-, y solo hemos avanzado unos 70 kilómetros, de los aproximadamente 400 que queremos recorrer en nuestros tríenos arrastrados por perros, junto a tres Inuit, ya sabéis los esquimales del ártico.

La motivación que nos hacia falta llego cuando aparece un hermoso día transparente, sin viento. Estaba claro, teníamos que continuar, cuando los tres amigos esquimales, pensaban que nos daríamos la vuelta para recuperar nuestros maltrechos cuerpos después de la segunda tormenta.
Estamos todos de acuerdo, plegamos el campamento, y nos ponemos en marcha..

Iniciamos el ascenso. Primera parte, hacer una travesía por hielo vivo donde se levantan infinidad de montículos de puro hielo azul. Aquí es muy difícil controlar el trineo, pues se desliza lateralmente continuamente, y no hay quien lo gobierne.
Una vez mas los esquimales, pasan olímpicamente de nosotros, y no lo hacen por descortesía, si no por que dan por echo y esta es la educación que han tenido, que si emprendes la gran ruta del oso blanco, tienes que saber arreglártelas tu solo, nunca has de pedir ayuda, el que lo hace es un inadaptado, y no puede continuar con el grupo de cazadores. Parece muy cruel, pero es la realidad.

Esta norma nos la aplican a Ramón y a mí, sin contemplaciones, mientras vemos a Maria, Miguel y Emilio a la grupa de sus esquimales que avanzan y los perdemos de vista. Por delante nos queda un glaciar terrible, que mete miedo, Ramón y yo en la mas absoluta soledad.

Nos lleva horas muchas horas, librar cada obstáculos. Cada vez que se nos cuela el trineo entre los pináculos, lo pasamos muy mal para sacarlo. Ramon arenga a los perros para usar su fuerza bruta, yo dirijo desde atrás el trineo, y cuando se atasca, tenemos que levantar a puro brazo la parte delantera del trineo, tirando de los patines. Os aseguro que tengo los riñones “al jerez”. Que manera de currar. Es un continuo tirar del maldito trineo, colocarlo, reposicionarlo, dirigirlo, con estos perros que nos han alquilado, que ahora sin ningún tipo de duda, sabemos que “nos los han colocado”. Nadie alquila su tiro de perros, y la pregunta es: ¿Por qué nos han alquilado a Ramón y a mí un tiro de perros?. La respuesta esta clara, nada tienen que ver a los tiros de perros de los otros tres trineos. Ellos empujan con una fuerza increíble, y salvan todos los obstáculos, con problemas, pero lo consiguen.

Ramón y yo tenemos un puñado de “chihuahuas”, que si no empujamos nosotros aquello no se mueve. Nos preguntamos, que hasta donde aguantaran y si conseguiremos completar la ruta, con estos “perrillos”. La verdad que nos da la risa, porque hay varias cosas que no hacemos, por ejemplo, nunca les atizamos con el látigo, cosa que los esquimales hacen con asiduidad. A nosotros nos resulta imposible pegar a un perro, pero los esquimales nos dicen que si no se les da un trato algo duro, ellos no harán caso nunca, y si te muerden y no le castigas el resto de los perros te pueden morder y se han dado varios casos de niños que se los han comido estos fieros perros descendientes directos de los lobos, en realidad son casi lobos, y hay que tenerlos mucho respeto, pero nunca miedo, tu eres el jefe, y ellos lo tienen que saber.

Evidentemente a Ramón y a mi nos han cazado rápido los “perrillos”, y hacen con nosotros lo que quieren. Los perros de los esquimales nunca miran para atrás, los nuestros están todo el rato mirando para atrás, y nos da la sensación que “se escojonan de nosotros”.
Ramón se desgallita dando ordenes, mueve el látigo en el aire, habla extrañas lenguas con los perros que yo no comprendo, pero nuestro “carruaje”, a duras penas se mueve. Y lo más curioso, es que los esquimales no han parado a ayudarnos en ningún momento. ¡¡Queréis ser esquimales, pues vosotros mismos criaturas, ¡ estoy seguro que lo piensan continuamente, y quieren que nos curtamos de verdad. Os aseguro que lo están consiguiendo.
Siento de verdad que no lo conseguiremos, es una pesadilla…
Ramón me dice que para sobrevivir en estas difíciles condiciones climáticas, los esquimales tienen un dicho: En el ártico casi todas las cosas o son extremadamente difíciles, o casi imposibles, por lo que te adaptas, o mueres. La palabra imposible en su idioma “Inuit”, no existe, esto es cierto.

Ramón me lo recuerda cada poco, y esto me alienta, porque poco a poco conseguimos avanzar.
Ya hemos cruzado el glaciar, pero ahora comienza otro glaciar aun mas complejo, y este esta lleno de grietas, donde nos ha aconsejado que extrememos las precauciones, son trampas mortales…
Primero lo atacamos de frente, después hacia el lado izquierdo, el hielo vivo se repite, resbalamos, los perros resbalaba, avanzar diez metros sin pararnos es un tremendo logro, lentos, muy lentos conseguimos ascender a los 1000 metros de desnivel, aun nos queda mucho, pero ¡¡amigos¡¡, es que arrastramos un trineo por un enorme glaciar cuesta arriba y con 400 kilos de peso, cada vez que lo pensamos nos parece un “casi imposible” según el lenguaje esquimal.

Pero hay estamos, remontando el segundo glaciar, hasta notamos que las duras inclinaciones empiezan a declinar y nos da la sensación que lo conseguiremos…

Nunca hay que cantar victoria. Justo cuando alcanzamos los 1.300 metros de altitud y el glaciar parecía inofensivo, yo me precipito en una grieta de la que nos e veía el fondo. Por suerte estaba agarrado al trineo, en los mangos traseros que es por donde se dirige, y los rápidos reflejos de estar alerta hicieron que me quedara colgando y no me precipitara al vacío. De verdad amigos a sido una verdadera suerte, pues Ramón estaba sin agarrarse a nada y al menos yo me he salvado por los pelos, pero si le toca a Ramón no lo cuenta.
Ramón estuvo rápido y arengo a los perros para que tiraran rápido, y fue visto y no visto: me precipite en la grieta y salí en cuestión de segundos.

Pero no termino ahí la cosa de las grietas…

Diez metros mas adelante desaparecen ante nuestros ojos dos perros en otra grieta, esta más ancha.
Es increíble esto es un “campo de minas” de la cantidad de grietas.
Tenemos que utilizar nuestro largo trineo para hacer un puente y desde este sacar a pulso los dos perros que se han quedado colgando de los arneses.

Tenemos claro que no nos bajaremos del trineo, este es la mejor manera de protegerte de las grietas. Es largo y se apoya en ambos extremos de las grietas, por lo que es difícil que se cuele todo el conjunto.

Pero esto nos plantea otro problema. Los perros progresan porque Ramón esta delante con el látigo arengándoles, y por lo tanto tiene que caminar junto a los perros. Ahora como hay muchas grietas, no puede levantarse, y los “jodidos “ perros nos se quieren mover. Es patético vernos a Ramón y a mí, gritando desesperadamente a los perros según las palabras que nos han dicho, y ninguno se mueve. Estamos atascados en mitad de una rampa en el glaciar gritando y sin avanzar un centímetro.

Decidimos resolver la situación atando una maroma al brazo de Ramón y de nuevo Ramón avanza junto a los perros exponiéndose a las grietas, solo que esta vez con mas cuidado, para intuir las grietas.
Poco a poco avanzamos y por fin conseguimos alcanzar la parte alta. Hemos llegado al casquete polar, estamos en el llamado “Inlandis”, como se conoce a esta masa de hielo de 2.500 kilómetros de larga por 1000 kilómetros de ancha, y más de 3.300 metros de profundidad. Esto es el Inlandis, aquí no hay vida, nada de vida, es un autentico desierto de hielo y nieve, además de friísimo.

Por delante nos quedan muchos kilómetros arrastrando este trineo de 400 kilos, después hay que descender por otro glaciar, pero ya al otro lado, siempre hacia el norte. Si conseguimos realizarla travesía, cruzar el 'Inlandis', y descender por el otro glaciar, aun nos quedara atravesar la tundra donde viven miles de bueyes azmilcleros, zorros árticos, caribúes, y sobre todo el mayor depredador ártico: el oso Polar.
Al final de la tundra y de nuevo hacia el norte, nos encontraremos con el mar helado, y sobre este nos deslizaremos sobre los trineos unos 180 kilómetros hasta llegar al glaciar de Humbolt, el más grande del hemisferio norte y el segundo más grande del mundo. Este es nuestro objetivo

Estar atentos que la aventura ártica continua.
Jesús Calleja desde el lejano ártico.