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Tiburón Blanco 04.2008

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Voy a intentar el Desafío Extremo que más miedo me da, por encima de todos sin ninguna duda; Bucear con el tiburón blanco, sin jaula claro está, en Sudáfrica.

> FUERTES TORMENTAS Y BUCEO ARRIESGADO

Amigos, me encuentro en una localidad en Sudáfrica llamada Gansbaai, en la costa sur, cerca del cabo Aghulas, donde se cruzan los océanos Atlántico e Indico. Es el paraíso para los tiburones blancos. Aquí se dan cita todos los años en esta época los grandes escualos que regresan puntualmente a cazar focas. Llegan tantos que nos aseguran que los podremos localizar. La mayor concentración está en las islas Dyer, a pocas millas de aquí. Pero estamos teniendo un tiempo atmosférico terrible. Las gentes locales dicen que hacia mucho tiempo que no recordaban tanta cantidad de días con mal tiempo. Afirman que es estas latitudes en un solo día se dan cita las cuatro estaciones del año, pero llevamos una semana entera de temporal. Los vientos son huracanados, con rachas de 80 kilómetros por hora, y las lluvias continuas, en ocasiones un autentico diluvio. Las olas de 5 metros en la misma costa y mayores mar adentro. Inundaciones en tierra, algún muerto por las tormentas en Ciudad del Cabo, y lo más inédito, incluso ha aparecido la nieve en las montañas. Es puro invierno, y estamos sometidos a la furia de la naturaleza sin cuartel.

Por esta razón solo hemos podido hacer una inmersión más, desde la última crónica. Esta fue muy especial para mí. Pues en condiciones de mar muy malas decidimos salir en busca de nuevo del tiburón vaca. Otra vez descenderemos a los bosques de 18 metros de Kelp, donde merodea y se alimenta este tiburón que puede alcanzar algo más de los tres metros. La mar de fondo no nos deja prácticamente avanzar, por lo que hay que dejarse llevar por las corrientes. La sensación de estar en este bosque es extraña; sorteamos los fuertes tallos de kelp, zarandeados por el vaivén de las olas. La visibilidad, muy escasa, nos limita la capacidad de movimientos, pues los tiburones están ahí y hay que ver por donde vienen para tener seguridad. Hay que mirarles a los ojos para tenerles controlados, por lo que la baja visibilidad es peligrosa en estas inmersiones. Yo, la verdad, me pego a mis compañeros como una lapa, aunque me obligan en ocasiones a tomar la iniciativa y avanzar delante para quitar miedos, mientras ellos otean el entorno por si parece de sopetón el escualo. Es cierto que tengo el miedo metido hasta el último poro de mi cuerpo. ¡Estoy ahí debajo de ese océano oscuro y embravecido lleno de tiburones¡. Una vez más no hemos tenido suerte. El desanimo se instala en nosotros, y no tiene pinta de cambiar.

Decidimos, antes de regresar, visitar un barco hundido que se encuentra a pocas millas, en mar un poco más abierto, a 36 metros de profundidad. Nuestro capitán Mike, al que bautizamos como tiburón martillo por sus marcadas facciones de la cara, busca en su GPS la localización exacta del pecio. Cree haber localizado el lugar y tira el ancla, mientras da vueltas alrededor intentando enganchar el ancla en el barco hundido. Después de un rato lo consigue, mientras el mar nos zarandea como un corcho en la barca neumática. Emilio se quedara en la zodiac, y justo cuando nos tiramos, en cuanto Mike nos avisa, arrecia la lluvia. Definitivamente, no tiene suerte. Pero ya me gustaría a mí quedarme con él. Nunca he bajado a tanta profundidad, y no me hace especial ilusión estrenarme en este lugar. Mike me ha contado que, aunque no es lugar de tiburón blanco, el mar no tiene fronteras y él se ha tropezado dos veces con él aquí mismo. Pero bueno, he venido a enfrentarme a mis miedos en el mar, así que no me lamento.

Ahora me toca sumergirse a 36 metros de profundidad, y será mi record. Buen lugar para descender en mar abierto con una visibilidad lamentable, lo que dificulta la orientación. Poco a poco descendemos por la cuerda del ancla, mientras las fuertes corrientes nos tiran con cierta violencia. Yo miro al fondo y no veo nada, solo un abismo a mis pies, y seguimos descendiendo. Tengo a Karlos Simón a mi lado y controlo el pánico. Me admira que Maria y Oscar estén grabando sin sujetarse a la cuerda del ancla, manteniendo la estabilidad en este mar sin referencias. Seguimos el descenso, e intuyo una sombra espectral en el fondo, el barco hundido. La escena es tenebrosa. Una agua turbia, llena de placton en suspensión, aguas abiertas y frías, una fuerte corriente, tiburones merodeando, y el fantasma de un barco hundido. Quiero soltarme del ancla pero no me atrevo, estoy agarrado con tanta fuerza a la cuerda que Karlos me ordena relajarme, y me suelto por fin. Estoy moviéndome sobre el barco a 36 metros de profundidad ayudado de la luz de focos para poder ver algo, aquí todo es casi negro. El barco tiene unos 60 metros de largo, y es una fragata que fue hundida expresamente para crear un arrecife artificial y generar vida marina. Se llama Good Hope, y ahora no tiene buen aspecto. Veo dos boquetes en la proa. ¡Y JP se lanza a meterse en el agujero! A mi me parece una insensatez en estas condiciones, pero peor me parece quedarme solo. Descendemos aun más y llegamos a la altura de la abertura. Yo pongo las dos manos y no quiero seguirles, pero JP me da un tirón, y estoy dentro. Es arriesgada esta maniobra de introducirnos en un barco hundido, pues te puedes enganchar con cualquier cosa y nunca salir, o ser atacado por los nuevos habitantes del barco. Dentro de las entrañas del pecio la estructura esta intacta, y en su interior se han alojado peces de muchos tipos, mejillones, estrellas de mar, erizos, y lo que mas me incomoda son los tremendos ojos que salen de la nada y me acechan con movimientos convulsos, para indicarte que te marches de allí, que esa es su casa. Miro hacia las bodegas de carga y se ve una gran oscuridad que invita a no ir. De allí puede salir cualquier cosa aun mayor, incluso el tiburón. Me llega el alivio cuando mis amigos encuentran el agujero al otro lado del barco, causado por el mismo torpedo que lo hundió. El aire a esta profundidad se termina muy rápido, hay casi 5 atmósferas de presión, por lo que la velocidad de consumo es esa, cinco veces más rápida. JP se da cuenta tarde y cuando mira su manómetro, ya le queda poco aire. Nos hace una seña de que hay que subir deprisa, pero eso tampoco es posible, pues los ordenadores nos avisan de una parada de descompresión de unos minutos a 5 metros de la superficie. JP no tiene aire para eso, por lo que Karlos Simón le hace otra seña, y saca su regulador de reserva. JP ahora respira de la botella de Karlos. Estamos los tres ascendiendo de nuevo por la cuerda pegados como mejillones. Karlos me controla a mí, y a la vez le da aire a JP con su “octopus”, como se llama al regulador de emergencia. Maria y Oscar nos filman en la ascensión. Hacemos la parada, mientras la corriente nos zarandea. Salimos por fin a la superficie, pero no lo disfrutamos porque sigue lloviendo. Hay que largarse de allí lo mas pronto posible.

Llegamos a puerto y el temporal es tremendo. Desde entonces no ha aflojado ni un momento, y en ocasiones es violentísimo los vientos y chubascos. Abandonamos Simona Town con frustración, y enfilamos a Gaansbai, a dos horas y media por una carretera que bordea la costa. Sería precioso si pudiéramos disfrutar del paisaje. Pero la cortina de agua nos impide ver más de treinta centímetros.

Ahora en este pueblo, Gaansbai, estamos a la espera de nuestra oportunidad con el gran tiburón blanco. Dicen que en dos días el tiempo mejorará, aunque no estará perfecto hasta que pasen dos o tres días mas y el agua se estabilice y disminuya el placton revuelto. La decisión esta tomada, Esperaremos al buen tiempo, y buscaremos al mayor depredador de los mares, y si las condiciones son medianamente buenas, mis amigos intentaran bucear en mar abierto con aguas cebadas con sangre y pescados, para excitarles y que se aproximen al barco y poder filmar sin protección a estas bestias de 6 a 7 metros de largo y mas de 3000 kilogramos de peso. Ahora yo estoy pensando en acompañarles fuera de la jaula de protección, aunque no se si seré capaz en el ultimo momento. Si lo hago también seré, junto a mis amigos buzos, los primeros españoles y de los poquísimos en el mundo que han hecho esta locura. No prometo nada, pero me atrae mucho, sé que será excitante, de máxima adrenalina, y creo que no me lo quiero perder.

Estar atentos que os lo seguiré contando. Sabréis si ellos lo consiguen, y si yo mismo también me atrevo finalmente a mirar de cerca y sin protección al depredador más salvaje del océano, al Gran tiburón blanco.

Jesús Calleja desde la Punta de Sudáfrica, el hogar del Gran Jaquetón blanco.