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Tiburón Blanco 04.2008

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Voy a intentar el Desafío Extremo que más miedo me da, por encima de todos sin ninguna duda; Bucear con el tiburón blanco, sin jaula claro está, en Sudáfrica.

> Kakaoland, la tierra más dura de Namibia

Hola amigos, os escribo desde Namibia, adonde he llegado para escalar un macizo de granito llamado Spitzkoppe. Es una escalada deportiva sobre una superficie de adherencia difícil para mí porque estoy acostumbrado a otro tipo de roca, la caliza, propia de los Picos de Europa, donde escalo habitualmente. Pero no me importa, ya afrontaré los problemas cuando lleguen. De momento, para llegar a Spitzkoppe he escogido una ruta muy difícil, posiblemente la más dura para realizar en 4x4, y descubrir una región remota de este país, el Kakaoland, al norte, en la frontera con Angola. Desde Windhoek, la capital de Namibia, que apenas he podido visitar, he volado en una pequeña avioneta Cesna de 6 plazas hasta Opuso, una población al norte. Me encanta volar, y quería pilotarla un buen rato. Para eso he traído conmigo la licencia internacional de piloto. Pero voy al aeropuerto y descubro, con cierta aprensión, la verdad, ¡que el tipo es un joven imberbe de 21 años!. Me cuenta, además, con su sonrisa de niño, que es la primera vez que vuela a Opuwo. Aquí no hay navegación automatizada por balizas, y el vuelo se realiza visualmente y por GPS. Así que nada, en realidad no me preocupa porque se que puedo sustituirle en caso de que no resuelva. Pero son dos horas y media en las que mi hermano Kike, mi amigo y cámara Emilio, y yo, disfrutamos como enanos, eso si, con el cruasant ha punto de asomar porque el aparato se mueve como una coctelera a causa de las térmicas. Le pedimos además que vuele bajo para ver la fantástica llanura de bosque bajo de Namibia. A medida que descendemos hasta a penas 10 metros del suelo, las térmicas se acusan fuertemente, pues a medida que hace más calor estas, son mas violentas. Al aproximarnos al destino, nos lleva un buen rato encontrar la pista de aterrizaje, que es de tierra y muy estrecha, siendo difícil localizarla, pero al final la vemos, y aterrizamos, en algo que se le puede llamar pista.

Para sorpresa de todos, en la misma pista esta el vehículo 4x4 que he alquilado por Internet a una empresa sudafricana. Lo inspeccionamos, y es justo lo que había pedido, un Toyota Hilux, con un deposito de combustible enorme, garrafas extras para cargara mas combustible, nevera eléctrica a 12 voltios, dos ruedas de repuesto, algunas herramientas, y lo mas importante dos tiendas de campaña con colchones que están acopladas en el techo del vehiculo que sirven de tienda de campaña, de montaje inmediato, y a salvo de las posibles fieras de este territorio tan hostil como es Namibia.

La primera impresión de este pueblo llamado Opuwo, es increíble: hay tal mezcla de personas de diferentes etnias, que me parece que estoy en unos de esos extraños pueblos de la guerra de las galaxias. Unas señoras llevan una seria de capas de faldas hasta los tobillos, que las da un aspecto de señoras corpulentas, pero es que en realidad tienen 12 capas, y hay más de treinta grados de temperatura. En la cabeza llevan unos pañuelos muy ceñidos que terminan en una especie de alas laterales. Mi hermano los encuentra similares a la cabeza de un tiburón martillo. Pero justo al lado de ellas pasan para sorpresa de todos unas mujeres himbas con sus maridos. Ellas están prácticamente desnudas a excepción de una falda de cuero a modo de tapa rabos. Pero lo más asombroso es que están completamente teñidas de color ocre, desde los pelos de la cabeza, hasta los pies. Sigo caminando, y hay más gentes de color, y también algún blanco. Música africana por todas las esquinas, en fin, es un pueblo lleno de vida multirracial, a pesar de ser unas 5000 personas. Encontramos un lugar para dormir, y a la mañana siguiente, muy pronto estamos en marcha, eso si, después de hacer muchas compras de regalos para nuestros amigos los Himbas que si hay suerte los visitaremos en unos días. Les hemos comprado harina de maíz, azúcar, sal, y dulces.

Tenemos el coche hasta la bandera de cosas, para vivir durante muchos días a bordo de nuestro vehiculo 4x4. El mayor de los problemas a los que nos enfrentamos, es la elevada dificultad de la ruta que nos espera por delante. Intentaremos alcanzar la frontera de Angola al norte de Namibia, cuya frontera es un río llamado Kunene. Solo llegar hasta allí, es un enorme reto de conducción 4x4, pero queremos aun más. Bordear la frontera de este a oeste, por fuera de pistas, campo a trabes. Son muy pocas las personas que se han adentrado por esta ruta, y se requiere de mucha experiencia en conducción de vehículos 4x4, sangre fría, un buen coche, a ser posible que no sea el tuyo, porque puede quedar desguazado (recomiendo alquilarlo), y estar preparado para solventar cualquier situación, pues se nos darán casi todas, incluso perdernos o no recuperar mas el vehículo si no conseguimos atravesar un fatídico punto llamado Van Zyls, del que una vez te has metido, no hay vuelta a tras, solo se puede ir hacia delante.

Ya estamos en marcha, y al principio las pistas son medianamente buenas, pero enseguida empiezan a empeorar, hasta convertirse en sinuosas. Conducimos varias horas en un paisaje grandioso, hasta alcanzar la frontera de Angola. Hasta aquí bien. Pero la pista se termino, y ahora no hay más que sendas en ocasiones, y mucho fuera de pista. Decididos, nos dirigimos hacia el oeste, y en tan solo 5 kilómetros hemos tardado más de una hora. Ya nos perdimos, nos metimos prácticamente en el río, y nos atascamos en la arena. Después encontramos un camino de vacas, que en ocasiones se ensanchaba algo más. Así muchas horas conduciendo con todo tipo de trampas, agujeros, socavones, fangales, ríos, arenales, rocas, más rocas, piedras, muchas piedras, y sobre todo unos desniveles que ponen los pelos de punta. En ocasiones vamos subiéndonos por las rocas, dando bandazos continuamente, sin poder dejar de acelerar, pues hay tal inclinación, que se nos levantan las ruedas delanteras, teniendo que usar todo tipo de artimañas, para sujetar el volante y no quedar atascados, o aun peor volcar. Hemos estado apunto en varias ocasiones, y por los pelos libramos. Ya no hay manera de encontrar sendas, estamos abriendo ruta campo a trabes, por este desolado terreno semi árido, donde solo viven culebras, reptiles, escorpiones, y poco más. Avanzamos a duras penas, y nos perdemos continuamente, aunque cuando se nos vino la noche encima, si que nos costo trabajo encontrar el rumbo. Los descensos eran terribles, golpeando continuamente los bajos del coche contra las rocas. ¡No hay camino¡ estamos literalmente subiendo las montañas áridas con un vehiculo 4x4. ¡Creo que estamos locos¡. Ahora Kike, Emilio y yo pensamos que el coche nunca saldrá de aquí. De momento ya le hemos cambiado la aerodinámica, pues todos los bajos están abollados de la terribles rocas y piedras, además nos hemos cargado las estriberas. Ya tengo claro que no me devolverán la fianza del alquiler del coche. Muy de noche alcanzamos un pueblo llamado Epupa, increíble pero hemos llegado hasta aquí. Nunca antes hice nada parecido, y me ha parecido excesivo donde hemos metido el coche. ¡Han sido 16 horas de conducción para 180 kilómetros¡. Agotados montamos las tiendas que están sujetas en una especie de vaca, y nos sorprende gratamente lo fácil de su instalación. Estamos derrotados y nos vamos a dormir bajo el estruendo de una cascada, que visitaremos al día siguiente.

Por la mañana, alucinamos con las vistas brutales de la cascada de 40 metros de profundidad, y gran numero de saltos por todas partes. De un lado nosotros en Namibia, y al otro Angola.

Decidimos continuar, hacia el sur primero, y luego al oeste de nuevo. A partir de este punto que parte de una localidad llamada Okangwati, donde por cierto hemos cargado gasolina que nos han vendido en garrafas, y tomarnos una cerveza en un cutre lugar, estilo África profunda, donde Kike y yo montamos una especie de fiesta con los locales, nos ponemos en marcha.

Nos recomienda que nos vayamos por esa ruta. Hay un paso muy difícil de franquear, llamado Van Zyls, donde si te metes no hay marcha atrás. Es de tal desnivel el descenso, por una peligrosísima mini ruta, que es imposible retornar, el coche hay que dejarlo caer, y controlar esa caída con pericia, literalmente por las rocas descarnadas. Todos lo tenemos claro, aceptamos el reto, porque es la manera de alcanzar las autenticas y aisladas tribus de los himbas.

De nuevo conducimos muchas horas por lugares espectaculares, pero de mucha dificultad en la conducción, hasta alcanzar gran altura, y ya sobre una meseta desde donde se divisa en todo su esplendor las montañas de Otjiveze, nos encontramos con una empalizada de tribus Himbas. No se quien se sorprendió mas, si nosotros o ellos, pero allí estábamos. El guía Himba que contratamos en Opuwo, nos servirá para entendernos con ellos, pues tienen muchas tradiciones, y entre ellas la de guerreros, y sin permiso, no se puede entrar en sus tierras, y menos sacarles una foto. Esto te puede costar muy caro. Nuestro guía y amigo Key Key, que así se llama, se adentra conmigo para pedir permiso para grabarles y poder montar nuestro campamento junto a ellos. Las negociaciones duran media hora, ¡pero tenemos permiso¡. Ahora conoceremos de cerca una de las tribus mas aisladas de África.

Esta atardeciendo, hace calor pero no molesta, el disco del sol es rojizo y muy africano, y la piel roja de la tintura ocre de los himbas brilla como personas irreales, que no encajan en el siglo XXI. Hemos llegado a Marte, pero los Himbas viven igual en esta remota parte de África. Nada ha cambiado, no hay ni un signo de modernidad. Se adornan, visten, comen, en definitiva, viven igual que generaciones pasadas. Nos sentimos afortunados de intercambiar culturas, de tocarnos, reírnos, jugar, y cenar con ellos. Les damos nuestros regalos de comidas, pues aquí no existe el dinero, y no lo quieren aunque se lo des, pues no hacen nada con el. Todo su mundo se basa en el número de vacas que tengas. Son la moneda de cambio, y sirven para todo. Tendrás tantas mujeres como vacas pagues, es una sociedad de patriarcado, te juzgaran los delitos que cometas los jefes de tribus, y pagaras en vacas, incluso el asesinato se paga en vacas. Hemos conocido a un angoleño que cruzo el río Kunene ilegalmente a trabajar para los himbas construyendo sus empalizadas, y se le paga en vacas. Lleva seis meses trabajando, y ya tiene 6 vacas ganadas, y espera a que las aguas desciendan para regresar a su aldea angoleña feliz con sus vacas ganadas honradamente. Estamos relajados y asombrados de ver este mundo, casi imposible en estos tiempos de sociedades globalizadas. Nos sentimos a gusto de compartir todo lo que tenemos con esta sencilla pero orgullosa familia Himba. Es de mis mejores sensaciones en África, también lo mismo dice Kike y Emilio. No creímos que existiera un lugar así, con tribus tan ancladas en el tiempo. El color es el ocre, todo es ocre, las casas, la ropas, la piel, todo se tiñe de ocre, y el sol lo acentúa aun mas, es un mundo de color rojo.

Nos vamos a nuestro campamento, y nos metemos en las tiendas, completamente alucinados, sin comentar palabra, han sido muchas sensaciones difíciles de digerir en un solo día de convivencia himba, mañana será otro día.

La mañana siguiente la pasamos con ellos. Desayunamos juntos. Nosotros nuestra leche de cartón que tenemos en las neveras eléctricas, y ellos la suya directamente de las vacas, su bien mas preciado. Ellos beben leche, para desayunar, comer, cenar, y en pocas ocasiones comen carne de vaca o cabra. Nos dejan ordeñar con ellos las vacas, hacer mantequilla, adecentar sus limpias chozas de palos y barro, y jugar con los pequeños. No queremos separarnos de ellos, hay algo vital que nos une, pero hay que continuar. El tiempo, el reloj, y las prisas siempre nos persiguen en nuestro mundo occidentalizado, ellos, los himbas, ni siquiera saben lo que es el tiempo, ni conocen el reloj, nadie sabe sus años, y todo fluye muy despacio. Key Key se ríe, y dice ¡¡Es África¡¡.

Estamos de nuevo metidos en un tremendo “fregado”, y nos adentramos al punto del no retorno. No me extraña, cuando hemos encarado las primeras rampas nos quedamos mudos. Era como bajar una gran escalera tallada en la roca, arrastrando todo el suelo del Toyota. En cualquier momento se romperá dice Kike, y yo me lo creo. Es demasiado, esto se reventara. El caso es que el coche aguanto, y pasamos este dichoso punto, con bajadas de 45º, imposible de retroceder si no consigues bajar. Hay dos esqueletos de coche que lo atestiguan. Pero estamos en una gran llanura que nos indica, que hemos conseguido bajar la cordillera por pasos casi imposibles, y en su interior hemos dejado unas tribus que permanecen inalterables en sus costumbre, gracias a su asilamiento, que nosotros alteramos con nuestra presencia, pero al mirar la enorme cordillera nos damos cuenta que están muy seguros tras esa muralla casi infranqueable, y así se mantendrán.
La llanura que ahora atravesamos es magnifica, es de dimensiones gigantescas, de hierva seca muy alta, y salteada de animales salvajes, es la máxima expresión de la pureza, nadie a cientos de kilómetros, si pueblos, nada, solo llanura herbosa otra vez africana. Estamos sin palabras, sobre todo cuando se pone el sol, y lo tiñe de colores irreales. Conducimos unas horas mas de noche hasta llegar aun lugar indeterminado en mitad de la nada, desde donde os escribo, sin saber siquiera si España que jugo ayer, a ganado o no, contra Italia en los malditos cuartos de final. Así es la vida en África, en este pedazo de África intocada, al norte de Namibia.
Mañana el día estará cargado de emociones, y en unos días estaremos escalando unas espectaculares paredes de granito en esta árida parte de Namibia, donde no hay nadie, será una increíble experiencia que si seguís las crónicas os lo contare. Es mi siguiente desafío.

Jesús Calleja desde algún lugar de Namibia.