“Ha sido la experiencia más feliz de mi vida”, me ha dicho hoy Angelina después de montar conmigo en helicóptero. Su marido, Antonino, con sus ochenta y tantos años también se ha atrevido. Casi nunca salen de su pueblo en las montañas, y han alucinado. ¡Era la primera vez que volaban!
En Casasuertes ya no vive nadie más que este matrimonio octogenario, que se resiste a marchar. Es un pueblin cerca de Riaño, en la cordillera Cantábrica, donde la vida, en cuanto llega el invierno, es dura, dura. Tanto que todos los años quedan varios días incomunicados por la nieve. Su hija Laura ha tratado de convencerles para que se muden a Riaño, como ella, pero Antonino y Angelina dicen que de su pueblo no se mueven. Y tanto, como que casi no salen de él… Alguna vez van a ver a su hija, o a algún pueblo cerca, como mucho a Asturias. A Madrid no han ido más que dos veces en su vida. La ciudad no les gusta.
Yo les conocí el pasado febrero mientras grababa un programa. Nuestro objetivo era escalar la integral de Peña Ubiña en invierno. Justo cuando nos estábamos preparando se nos echó encima el temporal de nieve y tuvimos que posponerlo. Me dediqué con mi hermano a recorrer algunos pueblos de las montañas para ver cómo enfrentaban esa situación. Así fue como acabamos en Casasuertes y como conocí a Antonino y Angelina. Estuvimos en su casa, tomando café de puchero y charlando. Son gente sencilla, como a mí me gusta. Hicimos buenas migas. Quería darles las gracias por su hospitalidad y se me ocurrió volver un día para darles una vuelta en mi helicóptero, pero no les dije nada para que fuera una sorpresa.
Y hoy ha sido el día. Ayer intenté llegar al pueblo, pero había mucha niebla y tuve que cancelar. Esta mañana estaba despejado, el día era perfecto. Menuda cara han puesto cuando me han visto bajar del helicóptero. Mientras tomábamos el café de rigor me han contado que nunca han volado, ni siquiera en avión. Y ahí les he soltado yo mi bomba, “¿Os atrevéis a montar en el helicóptero?”. Angelina no ha dudado, “Sí”; Antonino no lo tenía tan claro, pero al final se ha atrevido.
¡Qué vuelo tan cachondo! Les he llevado a ver sus yeguas, Casasuertes (que se ve rápido, porque es pequeño), las peñas de alrededor, y un pueblo cercano donde vive un amigo. Imaginaos cómo estaban, dos personas mayores, que casi no salen de su pueblo, que viven solos en mitad de la montaña, y de repente han podido ver su pequeño mundo desde el aire. Era una nueva perspectiva. Se han emocionado y se les ha escapado alguna lagrimilla.
Al bajar Angelina ha dicho que esta había sido la experiencia más feliz de su vida. Antonino estaba muy callado y eso es raro en él. ¡Pero es que se había mareado! Jejejeje.