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DIA DE CIMA

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> Posteado el 22/06/2006 a las

Amigos lectores, tengo el enorme placer de anunciaros que he alcanzado junto con mi hermano Enrique la cumbre del Mackinley con sus 6190 metros.

Estas siempre son las crónicas que mas me gusta escribiros, y en este caso os prometo que ha resultado muy duro, mucho más de lo que me imaginaba al principio. Creo que subestime este pico, porque después de ascender montañas de más de 8.000 metros, pensé que esta seria algo así como un trámite, pues solo era un seis mil, pero me equivoque. Es de una dureza verdaderamente destacable, sobre todo por la climatología tremendamente hostil.

A continuación os relato como fue el periplo hasta la cumbre:

Hemos estado durante dos días descansando en el campo IV y a la vez aclimatando, pues estamos a una considerable altitud, y según dicen los expertos, en estas latitudes, próximas al circulo polar Ártico, la sensación de altura es mayor, pues la bajada de presión es muy considerable, y por lo tanto mayor sensación de altura, hasta el punto que dicen que en la cima, equivale casi a un pico de 7000 metros.
En este campo IV por fin tuvimos 6 horas completas de sol, que es lo máximo que hemos tenido en toda la expedición.

El día 16 decidimos subir al campo V a 5.200 metros, y en vez de hacer porteos como todo el mundo, nos echamos a la espalda el gran mochilón con unos 30 Kg cada uno, para montar el último campo de altitud.
Para alcanzar este punto, antes hay que ascender una pala de nieve muy inclinada, que posteriormente da paso a un muro de 60º de inclinación de hielo azul. Por este pasaje se asciende utilizando cuerdas fijas, y por supuesto ningún fallo. Se alcanza un collado a 4.900 metros, y después a lo largo de una bella arista, en la que también se utiliza ocasionalmente la cuerda fija, llegamos al emplazamiento de este espectacular campo de altura. Hacia un frío tremendo, y el viento era fortísimo. Montar la tienda de campaña fue un suplicio, y nos costo un buen rato entrar en calor. Después de construir el muro de protección de hielo se me quedaron las manos gélidas, y Enrique me tuvo que dar unas buenas friegas para recuperarlas.

La idea era que si estábamos por la mañana bien, pues es mucha altitud la que hemos subido de golpe, intentaríamos un ataque a cima. También hemos quedado de acuerdo con Andrés e Iñigo, los salmantinos.
A las seis de la mañana me despierto y asomo por la puerta de la tienda y no hay apenas visibilidad y el viento era tremendo. Me vuelvo a dormir, y miro a las 8, y después a las 9, y a las 10, y por fin a las 11, parece que aflojó un poco el viento y veo subir hacia cumbre unas 40 personas. Me digo que es el momento y despierto a todos. A las 12 emprendemos la escalada a cima.

Primeramente se asciende por una ladera de nieve y hielo bastante inclinadas, en la que tuvimos que socorrer a un montañero que sin cuerda se cayo unos cuantos metros ladera abajo, y no podía subir. Después de este pequeño rescate, seguimos nuestra ascensión. Al cabo de dos horas alcanzamos el paso llamado “Paso del Denali”.

Soplaban vientos entorno a los 100 Km/h, y la mitad de los expedicionarios se dieron la vuelta en este punto. Nosotros decidimos continuar, pero muy alerta porque las condiciones eran terribles. A la media hora de seguir escalando sobre la arista oeste llamada Arista Buitres, soy consciente que vamos muy lentos y las condiciones meteorológicas están arreciando. Me detengo, y les explico a Andrés e Iñigo, que para alcanzar la cima este día hay que imprimir una mayor velocidad o no lo conseguiremos, pues esta cambiando a peor el clima. Nos ponemos de acuerdo, y nos separamos de Andrés e Iñigo, con todo el dolor de mi corazón, pues son muy buenos amigos, pero yo necesito esta cumbre. Cortamos la cuerda en dos, y la uno a mi hermano.
La decisión esta tomada. Subiré encordado junto a mi hermano, que se encuentra más fresco.
Rápidamente progresamos, pues hemos acelerado considerablemente el ritmo.

La escalda siempre se realiza junto a esta arista, golpeada sin cesar por un vendaval increíble.
Ahora estamos solos, pues todo el mundo se ha dado la vuelta, menos un grupo de Yugoslavos y dos japoneses que partieron a las 9 de la mañana.

La verdad que nos impresionaba escalar solos en este paraje tan hostil y zarandeado por el viento. En ocasiones nos teníamos que tapar la cara con las manos, pues las ráfagas arrastraban bolas de hielo, que impactaban como perdigones.

Poco a poco alcanzamos un plato cerca de la cima llamado “campo de fútbol”, y desde este punto divisamos la ruta a la arista cimera. Se trata de una pala de nieve muy inclinada, que ascendemos con mucho suplicio, pues era de nieve virgen y nos hundíamos hasta la cintura. Después de alcanzar la arista, tenemos que caminar hacia la izquierda durante 45 minutos mas, sobre un filo estrechísimo de nieve venteada. Un pie para un lado y el otro para el otro lado. Guardando el equilibrio como un trapecista, pero con cientos de metros de abismo bajo nuestros pies.

Y por fin la cima apareció como de la nada, pues poco apoco se abatió sobre nosotros toda la furia del temporal, y ya no se veía a mas de dos metros. La parte final de la arista íbamos literalmente sentados, para no salir volando. El viento superaba en ocasiones los 100 Km/h,
Pero habíamos llegado a cima, mi hermano y yo. Antes nos cruzamos con los japoneses que venían de cima y a la vez llegamos con los 5 yugoslavos.

Nos hacemos fotos como podemos para dejar testigo de esta cima y sacamos detalles como el punto geodésico metálico con inscripciones clavado en la cima, o un tubo de color verde para dejar mensajes.
Llega la hora de bajar, y decidimos cooperar con los yugoslavos, porque ya no se veía nada y resultaba casi imposible dar un paso. El miedo se nos hizo presente a todos, pues la situación era infernal: 40 grados bajo cero, vientos de mas 100 Km/h, y visibilidad cero, y a 6.190 metros.

Me puse a la cabeza de la cordada, que ahora somos 7 miembros. Mi hermano Enrique justo detrás de mí asegurándome con la cuerda, pues el terreno era de extremo peligro. En un momento dado doy un paso y me encuentro volando por la cara sur del Mackinley. No se que me pasa, ¿Por qué estoy volando?, ¿es el fin?. ¿Tenia que ser aquí?. Me hice estas preguntas mientras caía 10 metros en el vacío, y por fin la cuerda se tensa.

En ese momento soy consciente que estoy colgando en un vacío en el que no veo nada y el viento me zarandea como a una rama.

Gracia a Dios no me ha pasado nada y no he perdido mi piolet. Y sobre todo a mi hermano que me ha detenido como un profesional. Esta claro que seguiré escalando con mi hermano me da mucha seguridad y aquí lo ha demostrado con creces.

Me tiene que descender 5 metros más y alcanzo un muro de nieve muy vertical que asciendo con mi piolet y la tensión que ejerce Enrique hacia arriba.
Cunado alcanzo de nuevo la arista nos fundimos en un abrazo. Ahora ya no me importan las condiciones climáticas, He pasado uno de los sustos más grandes de mi vida y mi hermano ha sido quien me aseguro la caída. Soy feliz en esta arista inmersa en el ojo de la tormenta. ¡Puedo contarlo¡.
Seguimos el agónico descenso, y en una ocasión estuvimos parados media hora porque, perdidos no sabíamos por donde tirar. Somos 7 personas y ningún tenemos ni la mas mínima idea por donde bajar. Así que nos sentamos y a esperar a un retazo de visibilidad.

Este se produce y seguimos descendiendo, Y por fin salimos del llamado “hongo”, y la visibilidad aumenta, al mismo tiempo que el viento desciende notablemente.
Somos una bola de hielo cada uno. Toda la ropa esta congelada, pero gracias a la calidad de los materiales estamos intactos y sin secuelas.

¿Qué nos paso?: Llegando a la cima se abatió sobre esta el llamado “hongo” como se conoce a este fenómeno. Son nubes lenticulares que se ciernen sobre las cimas, y dentro los vientos son como en un huracán, descendiendo la temperatura bruscamente. Es lo peor que te puede ocurrir en una gran montaña: ser engullido por un “hongo”.

Pero hemos superado con éxito este drama, y por fin llegamos al campo V (5.200 metros) a las 12. 30 del día siguiente. La cima fue a las 20 horas del día 17 de junio del 2006.

Fueron muchas horas de escalada y descenso agónico, que ahora orgullosos podemos contarlo. Recuerdo el placer de los últimos metros de descenso: El sol, siempre omnipresente en estas latitudes, pero dada la hora, muy bajo, todo lo cubrió. Las montañas de color rojo y naranja, y al fondo en los valles de colores cobalto y plomo. Parecía otro planeta. Y quizás por la altura y el esfuerzo, creo que vi el paisaje más hermoso de mi “nueva vida”. Gracias hermano.

Ahora escribo desde el campo base a 2.200 metros, donde hemos llegado extenuados después de descender con los trineos, que como inquisidores nos han torturado con los 65 Kg cada uno de peso como en la edad media. Estamos esperando que en este tiempo tan inestable aparezca la avioneta que aterrizara sobre el glaciar para llevarnos de nuevo a la civilización y sus cervezas.

Conclusión: Una montaña muy hostil, dura, venteada y fría, pero tremendamente hermosa. Mi hermano y yo se la hemos dedicado a Andrés y Iñigo, que por muy poco no lo consiguieron (se quedaron a solo 45 minutos de cima, que buen criterio decidieron abandonar para poner a salvo sus vidas, pues el “hongo” también se abatió sobre ellos), por supuesto se la dedicamos también a familiares, amigos, parejas, y mis dos sponsors que hacen posible que el proyecto “Desafío Extremo” siga concluyendo con éxito todas sus etapas: turismocastillayleon (Castilla y León es Vida), y RMD.

Pronto me toca la siguiente prueba: Pirámide de Castenrz, en New Guinea, la segunda selva mas virgen mas grande del planeta, donde la mayor dificultad será esquivar a los peligrosos caníbales que actualmente viven en esas misteriosas selvas que por supuesto podéis seguir día a día como hasta ahora.
Nos vemos¡.

Jesús Calleja desde la salvaje Alaska

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